Buscar

Criterios de búsqueda avanzada

Tipo de inmueble
Categoría de inmueble
Categoría de inmueble
Edad de los propietarios
Nuevo/Antiguo
Habitaciones
Dormitorios
Superficie
Superficie terreno
Cuartos de baño
Planta
Año de construcción
Año de constitución
Estado
Tipo de calefacción
Modo de calefacción
Orientación
Vistas
Certificación Energética
Gas efecto de invernadero
Precio / m²
Alquiler / m²/ an
Facturación
Resultado neto
Arrendamiento

Plaza Armerina, el futuro entre los cimientos antiguos

450.000 EUR

Casa y Vivienda unifamiliar (En venta)

12 hab
2 baños
344
terreno 31
Referencia: DBMR-T621 / v003252
Había una vez un niño que, a los cuentos de buenas noches, prefería los de piedra y de recuerdos. Mientras otros sueñan con príncipes y dragones, él soñaba con los bordes de los viejos palacios, el aroma del polvo centenario, el sonido de los pasos que rebotan en las escalinatas de época. Ese niño, hoy, ha dejado de soñar con los ojos abiertos. Ha encontrado su castillo.
No es un castillo con torres y fosos, pero es mucho más: se encuentra en la Piazza Armerina. Ese puñado de casas nobiliarias estrechas alrededor de la mole normanda del castillo, lugar de historias, de dominaciones, de pasadizos secretos. El palacio data del siglo XIX, un siglo de gracia severa, y se desarrolla en tres plantas, doce habitaciones que esperan a convertirse nuevamente en habitaciones. Pero ahora es un cuerpo dormido, un gigante de cal y yeso que sólo pide ser despertado.
El exterior conserva alguna grieta de orgullo, algún signo del tiempo que requiere prudencia, pequeños mantenimientos respetuosos. Pero dentro se juega el partido más hermoso: el palacio es un lienzo blanco, completamente por renovar. Un silencio profundo habita estos ambientes, roto solo por el rugido de la luz que filtra de los focos originales. Las ventanas interiores y exteriores son verdaderos hallazgos de la época, intactos pero frágiles: no solo necesitan una restauración, sino una elección de amor.
El alma del palacio, sin embargo, se encuentra a lo largo de las largas escaleras arqueadas. Son majestuosas, arcillosas, maternas. Cada escalón narra un salto de falda, un paso furtivo, una carrera de niño. En el primer y segundo piso hay diez balcones, cinco por nivel, y asomarse allí significa ver el castillo de frente, casi tú a tu lado con la historia. Desde allí, ese niño de antaño veía los sueños de sus antepasados.
Porque este es el punto. Plaza Armerina, se sabe, tiene raíces profundas: griegas, romanas, árabes, normandas. Pero para ese niño que ha crecido no es solo un sitio de la UNESCO o la Villa del Casale. Es la voz de su abuela que hablaba del bisabuelo, que tenía un taller poco cerca; es la tía que contaba de cuando las señoras salían en pieles para las fiestas patronales. Sus antepasados habitaron este pueblo, pisaron sus piedras, respiraron su aire de azufre y de pan. Y ahora él, con el corazón en marcha, quiere devolver algo a esa cadena de memorias.
El proyecto es simple y titánico al mismo tiempo: devolver el palacio a su antiguo esplendor para poder habitarlo, para vivir en él el sueño de una vida. Hoy la casa puede ofrecer la posibilidad de realizar dos baños, servicios esenciales para recuperar el aliento moderno a una carnicería de otros tiempos. Los locales en la planta baja y el sótano se prestan a bodegas, talleres, pequeñas tabernas. Hay un patio interior, un pequeño claustro para reinventar, un jardín secreto donde el tiempo finalmente puede detenerse.
Este palacio no es para todos. Es para quien no tiene miedo del trabajo, del polvo, de las elecciones. Es para aquellos que saben que restaurar no significa borrar, sino traducir. Ese niño, hoy, mira los largos arcos de la escalera y sonríe. Su abuelo le decía: "Los sueños verdaderos tienen fundamentos antiguos". Y aquí están: tres pisos de posibilidades, doce cuartos de futuro y diez balcones desde los cuales cada mañana, finalmente en casa, podrá decir: "El castillo es mío.
Ver más Ver menos Es war einmal ein Kind, das bei den Gutenachtgeschichten die aus Stein und Erinnerungen bevorzugte. Während andere von Fürsten und Drachen träumen, träumte er von den Kanten der alten Paläste, vom Duft des jahrhundertealten Staubs, vom Klang der Schritte, die in den historischen Treppen nachklingen. Dieses Kind hat heute aufgehört, mit offenen Augen zu träumen. Es hat sein Schloss gefunden.
Es ist kein Schloss mit Türmen und Gräben, aber es ist viel mehr: es befindet sich auf der Piazza Armerina. Diese Gruppe von Adelshäusern, die sich um das normannische Mauerwerk des Herrenhauses schmiegt, ein Ort der Geschichten, der Herrschaft und geheimer Passagen. Der Palast stammt aus dem neunzehnten Jahrhundert, einem Jahrhundert der strengen Anmut, und erstreckt sich über drei Etagen, zwölf Räume, die nur darauf warten, wieder zu Zimmern zu werden. Aber jetzt ist er ein schlafender Körper, ein Gigant aus Kalk und Putz, der nur noch darum bittet, geweckt zu werden.
Das Äußere bewahrt einige Stolzrisse, einige Zeichen der Zeit, die Vorsicht und kleine respektvolle Wartung erfordern. Aber darin spielt man das schönste Spiel: Der Palast ist eine weiße Leinwand, die komplett renoviert werden muss. In diesen Räumen herrscht eine tiefe Stille, die nur durch das Rauschen des Lichts, das von den ursprünglichen Türöffnungen durchdringt, unterbrochen wird. Innen- und Außenfassungen sind echte historische Fundstücke, intakt aber zerbrechlich: Sie benötigen nicht nur eine Restaurierung, sondern eine liebevolle Wahl.
Die Seele des Palastes findet man jedoch entlang der langen, gewölbten Treppe. Sie sind majestätisch, stumpf und materiell. Jede Stufe erzählt von einem Rollgang, einem heimlichen Schritt, einem kindlichen Lauf. Auf der ersten und zweiten Etage gibt es zehn Balkone, fünf pro Ebene, und dort zu stehen bedeutet, das Schloss von vorne zu sehen, fast wie du mit der Geschichte. Von dort aus sah das alte Kind die Träume seiner Vorfahren.
Denn das ist der Punkt. Die Piazza Armerina, wie wir wissen, hat tiefe Wurzeln: griechische, römische, arabische, normannische. Aber für dieses große Kind ist es nicht nur ein UNESCO-Weltkulturerbe oder die Villa del Casale. Es ist die Stimme seiner Großmutter, die vom Urgroßvater sprach, der ein kleines Geschäft in der Nähe hatte; es ist die Tante, die erzählte, wie die Damen in Pelz zu den Patronatsfesten gingen. Seine Vorfahren haben dieses Dorf bewohnt, sind auf die Steine getreten, haben die Luft von Schwefel und Brot eingeatmet. Und jetzt will er, mit seinem Herzen in Bewegung, dieser Kette von Erinnerungen etwas zurückgeben.
Das Projekt ist einfach und titanisch zugleich: den Palast zu seinem alten Glanz zurückbringen, um ihn bewohnen zu können, um dort den Traum eines ganzen Lebens zu leben. Heute kann das Haus die Möglichkeit bieten, zwei Badezimmer zu schaffen, wesentliche Dienstleistungen, um modernen Atem an einen Kadaver aus vergangenen Zeiten wiederzubeleben. Die Räumlichkeiten im Erdgeschoss und Keller eignen sich für Weinkeller, Werkstätten und kleine Tavernen. Es gibt einen Innenhof, einen kleinen Kreuzgang, den man neu erfinden muss, einen geheimen Garten, in dem die Zeit endlich stehen bleiben kann.
Dieses Gebäude ist nicht für alle. Es ist für diejenigen, die keine Angst vor der Arbeit, dem Staub und den Entscheidungen haben. Es ist für diejenigen, die wissen, dass restaurieren nicht bedeutet zu löschen, sondern zu übersetzen. Dieses Kind sieht heute die langen Bögen der Treppe und lächelt. Sein Großvater sagte ihm: "Wahre Träume haben alte Fundamente." Und hier sind sie: drei Stockwerke voller Möglichkeiten, zwölf Zukunftssäle und zehn Balkone, von denen aus man jeden Morgen endlich nach Hause sagen kann: "Das Schloss gehört mir.
Había una vez un niño que, a los cuentos de buenas noches, prefería los de piedra y de recuerdos. Mientras otros sueñan con príncipes y dragones, él soñaba con los bordes de los viejos palacios, el aroma del polvo centenario, el sonido de los pasos que rebotan en las escalinatas de época. Ese niño, hoy, ha dejado de soñar con los ojos abiertos. Ha encontrado su castillo.
No es un castillo con torres y fosos, pero es mucho más: se encuentra en la Piazza Armerina. Ese puñado de casas nobiliarias estrechas alrededor de la mole normanda del castillo, lugar de historias, de dominaciones, de pasadizos secretos. El palacio data del siglo XIX, un siglo de gracia severa, y se desarrolla en tres plantas, doce habitaciones que esperan a convertirse nuevamente en habitaciones. Pero ahora es un cuerpo dormido, un gigante de cal y yeso que sólo pide ser despertado.
El exterior conserva alguna grieta de orgullo, algún signo del tiempo que requiere prudencia, pequeños mantenimientos respetuosos. Pero dentro se juega el partido más hermoso: el palacio es un lienzo blanco, completamente por renovar. Un silencio profundo habita estos ambientes, roto solo por el rugido de la luz que filtra de los focos originales. Las ventanas interiores y exteriores son verdaderos hallazgos de la época, intactos pero frágiles: no solo necesitan una restauración, sino una elección de amor.
El alma del palacio, sin embargo, se encuentra a lo largo de las largas escaleras arqueadas. Son majestuosas, arcillosas, maternas. Cada escalón narra un salto de falda, un paso furtivo, una carrera de niño. En el primer y segundo piso hay diez balcones, cinco por nivel, y asomarse allí significa ver el castillo de frente, casi tú a tu lado con la historia. Desde allí, ese niño de antaño veía los sueños de sus antepasados.
Porque este es el punto. Plaza Armerina, se sabe, tiene raíces profundas: griegas, romanas, árabes, normandas. Pero para ese niño que ha crecido no es solo un sitio de la UNESCO o la Villa del Casale. Es la voz de su abuela que hablaba del bisabuelo, que tenía un taller poco cerca; es la tía que contaba de cuando las señoras salían en pieles para las fiestas patronales. Sus antepasados habitaron este pueblo, pisaron sus piedras, respiraron su aire de azufre y de pan. Y ahora él, con el corazón en marcha, quiere devolver algo a esa cadena de memorias.
El proyecto es simple y titánico al mismo tiempo: devolver el palacio a su antiguo esplendor para poder habitarlo, para vivir en él el sueño de una vida. Hoy la casa puede ofrecer la posibilidad de realizar dos baños, servicios esenciales para recuperar el aliento moderno a una carnicería de otros tiempos. Los locales en la planta baja y el sótano se prestan a bodegas, talleres, pequeñas tabernas. Hay un patio interior, un pequeño claustro para reinventar, un jardín secreto donde el tiempo finalmente puede detenerse.
Este palacio no es para todos. Es para quien no tiene miedo del trabajo, del polvo, de las elecciones. Es para aquellos que saben que restaurar no significa borrar, sino traducir. Ese niño, hoy, mira los largos arcos de la escalera y sonríe. Su abuelo le decía: "Los sueños verdaderos tienen fundamentos antiguos". Y aquí están: tres pisos de posibilidades, doce cuartos de futuro y diez balcones desde los cuales cada mañana, finalmente en casa, podrá decir: "El castillo es mío.
Il était une fois un enfant qui, dans ses histoires du soir, préférait celles de pierre et de souvenirs. Tandis que d’autres rêvaient de princes et de dragons, lui rêvait des bords des vieux palais, du parfum de la poussière séculaire, du son des pas qui rebondissent dans les escaliers d’époque. Cet enfant, aujourd’hui, a cessé de rêver les yeux ouverts. Il a trouvé son château.
Ce n’est pas un château avec des tours et des fossés, mais c’est beaucoup plus : il se trouve sur la place Armerina. Cette poignée de maisons nobles serrées autour de la tour normande du manoir, lieu d’histoires, de dominations, de passages secrets. Le palais date du XIXe siècle, un siècle de grâce sévère, et se développe sur trois étages, douze pièces qui n’attendent que de redevenir des chambres. Mais maintenant c’est un corps endormi, un géant de calcaire et de plâtre qui ne demande qu’à être réveillé.
L’extérieur conserve quelques fissures de fierté, quelques signes du temps qui demande prudence, petits entretiens respectueux. Mais c’est à l’intérieur qu’on joue le plus beau match : le palais est une toile blanche, complètement à rénover. Un silence profond habite ces milieux, brisé seulement par le bruissement de la lumière qui filtre des volets originaux. Les menuiseries intérieures et extérieures sont de véritables objets d’époque, intactes mais fragiles : ils ne nécessitent pas seulement une restauration, mais un choix d’amour.
L’âme du palais, cependant, on la trouve en parcourant les longs escaliers à arc. Ils sont majestueux, argileux, maternels. Chaque marche raconte une montée de jupe, un pas furtif, une course d’enfant. Au premier et au deuxième étage, il y a dix balcons, cinq par niveau, et s’en rendre compte signifie voir le château de face, presque de face à face avec l’histoire. De là, cet enfant d’autrefois voyait les rêves de ses ancêtres.
Parce que c’est le point. On sait que la place Armerina a des racines profondes : grecques, romaines, arabes, normandes. Mais pour cet enfant devenu grand, ce n’est pas seulement un site de l’UNESCO ou la Villa del Casale. C’est la voix de sa grand-mère qui parlait de son arrière-grand-père, qui avait un atelier tout proche; c’est la tante qui racontait comment les dames sortaient en fourrure pour les fêtes patronales. Ses ancêtres ont habité ce bourg, en ont marché les pierres, ont respiré l’air de soufre et de pain. Et maintenant, avec le cœur en marche, il veut rendre quelque chose à cette chaîne de souvenirs.
Le projet est simple et titanesque à la fois : ramener le palais à son ancienne splendeur pour l’habiter, pour y vivre le rêve d’une vie. Aujourd’hui la maison peut offrir la possibilité de réaliser deux salles de bains, des services essentiels pour redonner un souffle moderne à une carcasse d’autrefois. Les locaux au rez-de-chaussée et au sous-sol se prêtent à des caves, des ateliers, de petites tavernes. Il y a une cour intérieure, un petit cloître à réinventer, un jardin secret où le temps peut enfin s’arrêter.
Ce palais n’est pas pour tout le monde. C’est pour ceux qui n’ont pas peur du travail, de la poussière, des choix. C’est pour ceux qui savent que restaurer ne signifie pas effacer, mais traduire. Cet enfant, aujourd’hui, regarde les longues arcades de l’escalier et sourit. Son grand-père lui disait : « Les vrais rêves ont des fondations anciennes ». Et voici : trois étages de possibilités, douze salles d’avenir et dix balcons depuis lesquels vous pourrez dire chaque matin, enfin à la maison : « Le château est à moi.
C’era una volta un bambino che, a i racconti della buonanotte, preferiva quelli di pietra e di memorie. Mentre altri sognano principi e draghi, lui sognava gli spigoli dei vecchi palazzi, il profumo della polvere secolare, il suono dei passi che rimbalzano nelle scalinate d’epoca. Quel bambino, oggi, ha smesso di sognare a occhi aperti. Ha trovato il suo castello.
Non è un castello con torri e fossati, ma è molto di più: si trova a Piazza Armerina. Quel pugno di case nobiliari strette intorno alla mole normanna del maniero, luogo di storie, di dominazioni, di passaggi segreti. Il palazzo risale all’Ottocento, un secolo di grazia severa, e si sviluppa su tre piani, dodici vani che aspettano solo di ridiventare stanze. Ma ora è un corpo addormentato, un gigante di calcare e intonaco che chiede solo di essere svegliato.
L’esterno conserva qualche crepa d’orgoglio, qualche segno del tempo che chiede accortezze, piccole manutenzioni rispettose. Ma è dentro che si gioca la partita più bella: il palazzo è una tela bianca, completamente da ristrutturare. Un silenzio profondo abita questi ambienti, rotto solo dal fruscio della luce che filtra dalle imposte originali. Serramenti interni ed esterni veri e propri reperti d’epoca sono lì, integri ma fragili: non necessitano solo di un restauro, ma di una scelta d’amore.
L’anima del palazzo, però, la trovi percorrendo le lunghe scalinate ad arco. Sono maestose, arcigne, materne. Ogni gradino racconta un’alzata di gonna, un passo furtivo, una corsa di bambino. Al primo e al secondo piano si affacciano dieci balconi cinque per livello e affacciarsi lì significa vedere il castello in faccia, quasi a tu per tu con la storia. Da lì, quel bambino di un tempo vedeva i sogni dei suoi antenati.
Perché questo è il punto. Piazza Armerina, si sa, ha radici profonde: greche, romane, arabe, normanne. Ma per quel bambino diventato grande non è solo un sito Unesco o la Villa del Casale. È la voce di sua nonna che parlava del bisnonno, che aveva una bottega poco lì vicino; è la zia che raccontava di quando le signore uscivano in pelliccia per le feste patronali. I suoi antenati hanno abitato questo borgo, ne hanno calcato le pietre, ne hanno respirato l’aria di zolfo e di pane. E ora lui, con il cuore in marcia, vuole restituire qualcosa a quella catena di memorie.
Il progetto è semplice e titanico insieme: riportare il palazzo al suo vecchio splendore per poterlo abitare, per viverci il sogno di una vita intera. Oggi la casa può offrire la possibilità di realizzare due bagni, servizi essenziali per ridare fiato moderno a una carcassa d’altri tempi. I locali a piano terra e seminterrato si prestano a cantine, laboratori, piccole taverne. C’è un cortile interno, un piccolo chiostro da reinventare, un giardino segreto dove il tempo può finalmente fermarsi.
Questo palazzo non è per tutti. È per chi non ha paura del lavoro, della polvere, delle scelte. È per chi sa che restaurare non significa cancellare, ma tradurre. Quel bambino, oggi, guarda le lunghe arcate della scala e sorride. Suo nonno gli diceva: “I sogni veri hanno le fondamenta antiche”. Ed eccole: tre piani di possibilità, dodici vani di futuro e dieci balconi da cui ogni mattina, finalmente a casa, potrà dire: “Il castello è mio.
Era uma vez uma criança que, sobre histórias para dormir, preferia aquelas de pedra e memórias. Enquanto outros sonhavam com príncipes e dragões, ele sonhava com as bordas de antigos palácios, o cheiro de poeira centenária, o som dos passos que rebatem nas escadas da época. Aquela criança, hoje, parou de sonhar. Encontrou seu castelo.
Não é um castelo com torres e fossos, mas é muito mais: está localizado na Piazza Armerina. Aquele punhado de casas nobres espremidas em torno da missa normanda do solar, um lugar de histórias, de dominações, de passagens secretas. O edifício remonta ao século XIX, um século de severa graça, e está distribuído por três andares, doze salas apenas esperando para se tornarem salas novamente. Mas agora é um corpo adormecido, um gigante de calcário e gesso apenas pedindo para ser acordado.
O exterior mantém algumas rachaduras de orgulho, alguns sinais do clima que exigem precauções, pequena manutenção respeitosa. Mas é dentro que se joga o melhor jogo: o edifício é uma tela em branco, completamente a necessitar de renovação. Um silêncio profundo habita esses ambientes, interrompido apenas pelo zumbido da luz que filtra dos impostos originais. As fechaduras interiores e exteriores, verdadeiros achados da época, estão ali, intactas mas frágeis: exigem não apenas restauração, mas uma escolha de amor.
A alma do palácio, no entanto, pode ser encontrada caminhando pelas longas escadas arqueadas. Elas são majestosas, arqui-inimigas, maternas. Cada passo conta sobre um levantador de saia, um passo furtivo, uma corrida infantil. No primeiro e segundo andares há dez varandas, cinco por nível, e olhar para lá significa ver o castelo em seu rosto, quase um a um com a história. A partir daí, aquele filho de outrora viu os sonhos de seus ancestrais.
Porque esse é o ponto. A Piazza Armerina, como sabemos, tem raízes profundas: gregas, romanas, árabes, normandas. Mas para aquela criança que cresceu, não é apenas um sítio da UNESCO ou a Villa del Casale. É a voz da sua avó falando sobre o seu bisavô, que tinha uma loja por perto; é a sua tia falando sobre quando as mulheres saíam em casacos de pele para os festivais dos santos padroeiros. Seus ancestrais habitavam esta aldeia, eles estampavam suas pedras, respiravam seu ar de enxofre e pão. E agora ele, com o coração em marcha, quer devolver essa cadeia de memórias.
O projeto é simples e titânico ao mesmo tempo: restaurar o palácio ao seu antigo esplendor para que possa ser habitado, para viver o sonho de uma vida. Hoje a casa pode oferecer a possibilidade de criar dois banheiros, serviços essenciais para dar um ar moderno a uma carcaça de tempos passados. As salas do térreo e do porão se prestam a adegas, oficinas, pequenas tavernas. Há um pátio interno, um pequeno claustro para reinventar, um jardim secreto onde o tempo pode finalmente parar.
Este palácio não é para todos. É para aqueles que não têm medo de trabalho, poeira, escolhas. É para aqueles que sabem que restaurar não significa apagar, mas traduzir. Essa criança, hoje, olha para os longos arcos da escada e sorri. Seu avô lhe disse: "Os verdadeiros sonhos têm fundamentos antigos." E aqui estão eles: três andares de possibilidades, doze quartos do futuro e dez varandas das quais todas as manhãs, finalmente em casa, ele poderá dizer: "O castelo é meu.
Однажды жил-был ребёнок, который вместо сказок перед сном предпочитал истории из камня и воспоминаний. В то время как другие мечтали о принцессах и драконах, он мечтал об краях старых дворцов, аромате вековой пыли, звуке шагов, поднимающихся с лестниц эпохи. Тот ребёнок сегодня перестал мечтать. Он нашёл свой замок.
Это не замок с башнями и водопадами, но он гораздо больше: он расположен на Пьяцца Армерина. Эта горстка дворянских домов сжималась вокруг норманнской мессы усадьбы, места историй, доминирований, тайных проходов. Здание датируется XIX веком, веком суровой грации, и разбросано на трёх этажах, двенадцать комнат только ждут, чтобы снова стать комнатами. Но теперь это спящее тело, гигант из известняка и штукатурки, просто просящийся.
Внешний вид сохраняет некоторые трещины гордости, некоторые признаки погоды, требующие предосторожности, небольшое, уважительное обслуживание. Но внутри игры играет лучшая игра: здание - это пустое холст, который полностью нуждается в ремонте. В этих средах царит глубокая тишина, прерываемая только шорохом света, фильтрующего от исходных импостов. Внутренние и внешние замки, истинные находки того времени, находятся там, нетронутые, но хрупкие: они требуют не только реставрации, но и выбора любви.
Душа дворца, однако, можно найти, прогуливаясь по длинным арочными лестницам. Они величественные, заклятые враги, материнские. Каждый шаг рассказывает о подъемнике юбки, фриктивном шаге, детском беге. На первом и втором этажах находятся десять балконов, по пять на каждый уровень, и если посмотреть туда, значит увидеть замок лицом к лицу, почти один на один с сюжетом. Оттуда этот древний ребёнок увидел мечты своих предков.
Потому что в этом-то и дело. Площадь Армерина, как мы знаем, имеет глубокие корни: греческие, римские, арабские, нормандские. Но для того ребёнка, который уже вырос, это не просто объект ЮНЕСКО или Вилла дель Касале. Это голос её бабушки, говоря о её прадедушке, у которого был магазин поблизости; это её тётя, рассказывающая, как женщины выходили в меховом пальто на праздники святого покровителя. Его предки обитали в этой деревне, они проклеивали её камни, вдыхали её серный воздух и хлеб. И теперь он, с сердцем в пути, хочет вернуть эту цепь воспоминаний.
Проект прост и одновременно титанический: восстановить дворец до его старого великолепия, чтобы он мог быть заселен, воплотить мечту всей жизни. Сегодня дом может предложить возможность создания двух ванных комнат, необходимых услуг для того, чтобы дать современный вкус тушам прошлого. Комнаты на первом этаже и в подвале приспособлены к погребам, мастерским, небольшим тавернам. Есть внутренний двор, небольшой монастырь, который нужно обновить, секретный сад, где время наконец может остановиться.
Этот дворец не для всех. Он для тех, кто не боится работы, пыли, выбора. Это для тех, кто знает, что восстановление означает не стирание, а перевод. Этот ребёнок сегодня смотрит на длинные арки лестницы и улыбается. Его дедушка сказал ему: «В истинных снах есть древние основы». И вот они: три этажа возможностей, двенадцать комнат будущего и десять балконов, с которых каждое утро, наконец-то дома, он сможет сказать: «Замок мой.
Once upon a time there was a child who, over bedtime stories, preferred those of stone and memories. While others dream of princes and dragons, he dreamed of the edges of old palaces, the scent of centuries-old dust, the sound of footsteps bouncing off period stairways. That child, today, stopped daydreaming. He found his castle.
It is not a castle with towers and moats, but it is much more: it is located in Piazza Armerina. That handful of noble houses squeezed around the Norman mass of the manor, a place of stories, of dominations, of secret passages. The building dates back to the 19th century, a century of severe grace, and is spread over three floors, twelve rooms just waiting to become rooms again. But now it's a sleeping body, a giant of limestone and plaster just asking to be woken up.
The exterior retains some cracks of pride, some signs of the weather that demand precautions, small, respectful maintenance. But it's inside that the best game is played: the building is a blank canvas, completely in need of renovation. A deep silence inhabits these environments, broken only by the rustle of light filtering from the original imposts. The interior and exterior locks, true period finds, are there, intact but fragile: they require not only restoration, but a choice of love.
The soul of the palace, however, can be found by walking along the long arched stairways. They are majestic, archenemies, maternal. Each step tells of a skirt lift, a furtive step, a child's run. On the first and second floors there are ten balconies, five per level, and looking out there means seeing the castle in your face, almost one-on-one with the story. From there, that child of old saw the dreams of his ancestors.
Because that's the point. Piazza Armerina, as we know, has deep roots: Greek, Roman, Arab, Norman. But for that child who has grown up, it's not just a UNESCO site or the Villa del Casale. It's her grandmother's voice talking about her great-grandfather, who had a shop nearby; it's her aunt talking about when ladies would go out in fur coats for patron saint festivals. His ancestors inhabited this village, they stamped its stones, they breathed its air of sulfur and bread. And now he, with his heart on the march, wants to give back to that chain of memories.
The project is simple and titanic at the same time: to restore the palace to its old splendor so that it can be inhabited, to live the dream of a lifetime. Today the house can offer the possibility of creating two bathrooms, essential services to give modern breath to a carcass of times gone by. The ground floor and basement rooms lend themselves to cellars, workshops, small taverns. There is an internal courtyard, a small cloister to reinvent, a secret garden where time can finally stop.
This palace is not for everyone. It's for those who aren't afraid of work, dust, choices. It is for those who know that restoring does not mean erasing, but translating. That child, today, looks at the long arches of the staircase and smiles. His grandfather told him: “True dreams have ancient foundations.” And here they are: three floors of possibilities, twelve rooms of the future and ten balconies from which every morning, finally at home, he will be able to say: “The castle is mine.
Referencia: DBMR-T621
País: IT
Provincia: Sicilia
Ciudad: Piazza Armerina
Código postal: 94015
Categoría: Residencial
Tipo de anuncio: En venta
Tipo de inmeuble: Casa y Vivienda unifamiliar
Subtipo de inmeuble: Hotel particular
Superficie: 344
Terreno: 31
Habitaciones: 12
Cuartos de baño: 2
Estado: Regular
Balcón:
Bodega:

PRECIO MEDIO POR PIAZZA ARMERINA

Precio medio por
May. 2014
3 Meses
1 Año
Casa
-
-
-
Piso
896 EUR
-
-

PRECIO DEL EN LAS LOCALIDADES CERCANAS

Contacte con nosotros
Otras monedas